Aprendía a amarla, a necesitarla, a tenerla y por último, a perderla.
Entendí que su felicidad terminaba donde empezaba su libertad. Que era mía, y sólo mía pero que nunca me perteneció.
Que el aire que movía sus rizos, eran vientos rebeldes, independientes.. como sus pies. Atardecía en el Sahara con tribus cuyos nombres no recuerdo, despertaba entre banyos con olor a té asiático, se perdia en los mares del pacífico en largos baños que duraban hasta media tarde, para acabar durmiendo entre canguros y estrellas.
Era magnífica, increíble.. pero parte de su esplendor era su perdición. Nunca conoció la palabra casa, nunca se ató a una cama ni a una vida de horario, nunca me dejo tener lo poco que quería de ella.. su tiempo.
Y como el tiempo, paso por mi vida para no volver. Para volver, si acaso, alguna primavera con olor a argán o a jazmín, perfumarme y volver a partir.
Ella era viento, era agua, era tierra... era Sol... era todo lo que quería ser.
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